Aunque desde ayer se repitan expresiones y frases hechas como “a vivir que son dos días” o “nos quedan dos telediarios” (¿verdad, Luis?) lo cierto es que hoy, más que nunca, podría unirme a esos chascarrillos con un “estoy a punto de tomar mi última cena.” Por ejemplo.
Pero no, no lo voy a hacer. Me voy a poner serio; bueno, todo lo serio que puede ponerse uno por aquí, donde la mitad de las veces os cuento las cosas con muy poca vergüenza. Serio me iba a poner, decía, para explicar que al igual que vosotros, tampoco tengo ni idea de qué va a pasar mañana. No obstante, lo intuyo: Nada. Ese es el verdadero problema, probablemente. Acabaremos achacando cualquier cosa fuera de lo común a un posible fin del mundo (¿verdad, Mario?) o lo que es peor aún, la histeria colectiva y la tensión provocarán más de un accidente que, esperemos no sea así, acabará en catástrofe.
Mis profesores del día de hoy, decidieron ayer adelantar las vacaciones. Quizá no querían decirlo en voz alta y usaron ese pretexto como excusa para marchar cada uno a su casa o, en el mejor de los casos, a un búnker.
Ocurre que esta mañana cuando me he levantado, reflexiones sobre mis profesores a un lado, he pensado qué pasaría si en realidad hoy fuese “el último día.” ¿Qué me gustaría hacer con mi último día si se acabase el mundo? En primer lugar, dormir. Uno no puede aprovechar bien el día si se levanta cansado. Después, desayunar. Hay que coger fuerzas, ¿no?. Desde aquí las opciones son bastante numerosas: leer, viajar, cometer errores y tratar de enmendarlos (de alguna forma habrá que ganarse la redención), pedir perdón, reír (llorar) sonreír. Hacer cosas indecentes; arrepentirse. Puede que volverlas a hacer, más que nada por aquello de tropezar dos veces con la misma piedra. Pisar otra vez mi casa por Navidad.
A las 11:00 me senté en el sofá. Me apetecía hacer demasiadas cosas y tenía muy poco tiempo. Concluyendo diré que mañana no se puede acabar el mundo, porque todavía me quedan cosas que hacer y con hoy no me ha bastado.
No tomemos el fin del mundo como una excusa, sino como un cambio de era. Aun así, juguémonos lo que tengamos al todo o nada, como si no hubiese un mañana. Gastemos el tiempo, pero sin malgastarlo. Que valga la penar vivir, que vengan muchos más apocalipsis y armagedones. Que el fin del mundo nos pille bailando como a Sabina.
Desde mi última cena, desde la primera, buenas noches.
Nos leemos mañana si Dios quiere.
P.d: ¡Hay que ver! Mañana el fin del mundo y yo aún en Málaga y con la maleta sin hacer.
