Cómo sobrellevar la falta de vacaciones (sin acabar requemao en el intento)

Publicado en Wadi As en su edición del 27 de julio de 2012

 

Pies en la orilla de la playa

 

Temo que somos más de uno los que este año no tendremos el gusto, por h o por b, de dejarnos caer en los brazos de las vacaciones de verano. Así que me he propuesto no irritarme con la idea y procurar verle el lado positivo al asunto -si es que lo tiene-. Por empezar por algo, comenzaré poniéndome en el pellejo enrojecío que se le queda a uno después de un rato a la solana en la playa, en la piscina. Pensándolo bien, ¿pa’ qué perder el tiempo sobre la esterilla, cuando el moreno se nos va a ir en unos pocos días? ¿Pa’ qué tanta achicharraera cuando ya estamos to el añico más quemaos que el palo de un churrero con esta crisis de caballo? ¿Pa’ qué tanta renegrura, cuando con un buen abaniqueo y un gazpacho fresquito o un cóctel el cuerpo se entera lo mismo de que se está en época estival?

 

cóctel

 

¿Y lo que nos ahorramos en alquileres de apartamentos, en gasolina pal coche, en potingues y bañadores, quedándonos con la patica atá en la casa? Por no mentar lo que evitamos de berrinches por ver quién es el primero que hinca la sombrilla en la arena, quién el mejor en sortear el núcleo de los atascos en carretera. Total, que pa’ ponerse en remojo basta la piscina hinchable, que en un santiamén se monta en el balcón y, a falta de éste, buena es la bañera para simular una pileta olímpica.

 

Piscina hinchable en el balcón: menos da una piedra

 

Solucionado el antojo del chapuzón, sustituyamos ahora el deseo de unas vacaciones sin calores en un albergue rural de montaña o en la Europa de manga larga, por alguna que otra visita al pueblo que nos vio nacer -¡quién tuviera esa suerte de catar esas papas al montón, ese asaíllo de conejo, o de tomar el fresco a la puerta de la casa por la noche!-. En caso de no tener un pueblo de referencia, bien podría valer aquel que vio nacer a nuestro compañero de curro o a nuestra amiga del cursillo de ofimática para desempleados, quienes gentilmente nos ofrecen habitación en su casa familiar de paredes gruesas en Villamenganito para pasar unos días de asueto. Aunque, ¿pa’ qué tanto lío de preparar muda de sábanas –porque Dios sabe en qué condiciones esté-, de buscar autobuses de línea que lleven al pueblecico o de pensar en algo con lo que agradecer el favor prestado, cuando también puede refrescarnos una caña tirada en el bar que hay en nuestro bloque de viviendas? Además, viajar sale gratis viendo documentales por la tele. Así es que, ¿pa’ qué tanto follón?

 

Como último remedio para paliar la pájara de un año sin ese necesario cambio de ritmo de las escapadas vacacionales, está el viejo truco de reparar en los que viven donde luce tan poco el sol que deben hacer esfuerzos por no olvidarlo, o en los que no tienen a mano una terracita donde picar ni media patata brava, o en los que a duras penas pueden sintonizar esos hiperrelajantes reportajes de sobremesa sobre el león del Serengueti, es decir, que al final, la cosa se reduce a mirar pa’ trás y comprobar que hay quien está peor y entonces uno cae en la cuenta de que tampoco está tan fastidiao como creía. Todo es relativo en esta vida.

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